Volvé a confiar en lo que tu cuerpo

ya sabe

· CUERPO Y EMOCIÓN ·

· BIODESCODIFICACIÓN ·

· LIBERTAD PARA REINVENTARTE ·

Hola, soy Mika

Profesora de Educación Física | Biodescodificadora | Terapeuta Somática

Profesora de Educación Física Biodescodificadora

Terapeuta Somática

Lo que se ve de afuera

Si le preguntás a alguien que me conoce, seguro te va a decir que soy libre.

La primera vez que lo escuché, me dio curiosidad. Yo no me sentía así. Preguntaba por qué, y la respuesta era siempre la misma: porque hacés lo que querés, porque sabés lo que sentís.

No me reconocía en eso.

Me sentía rebelde.

Desafiante.

Difícil.

Pero libre, no.

El idioma que tardé en entender

No hacía lo que quería. Hacía lo que sentía y ni siquiera era por claridad emocional. Lo sentía en el cuerpo o no lo sentía.

No importaba de qué se tratara: vínculos, trabajos, lugares, conversaciones. Si algo no me movía por dentro, lo cuestionaba, lo ignoraba o lo discutía.

Con el tiempo entendí que esa hipersensibilidad no era liviana. Era información. Mucha información, guardada en un cuerpo que había vivido abandono real y trauma, y que se había vuelto experto en registrar cada detalle para poder seguir funcionando.

Así de preciso es el cuerpo.

Todo lo hace para que sigas viviendo.

Un quiebre y un hallazgo

En una de las etapas más luminosas de mi vida, mi cuerpo me trajo un ataque de pánico. No fue leve.

Me disocié por completo. Sentía que había dos versiones de mí conviviendo: una que quería seguir, otra que quería frenar todo. Pasé dos semanas sin salir de mi casa.

Me quisieron medicar. No quise.

Sabía que si mi cuerpo estaba hablando así de fuerte, tenía algo para decirme, algo que yo, de manera consciente, todavía no podía nombrar.

Estaba estudiando el profesorado de Educación Física. Ya coordinaba grupos, ya acompañaba procesos. Y había empezado a leer sobre biodescodificación: cómo las emociones quedan detrás de los síntomas físicos.

Tomé una sesión para trabajar mis pánicos y no paré hasta completar todas las etapas.

Los pánicos no volvieron. Pero lo que más me marcó fue otra cosa: quedé fascinada con el abordaje. Porque ahí estaba todo lo que ya me hacía sentido, por fin en un mismo lugar: el cuerpo, la historia, el inconsciente, el síntoma como puerta y no como problema.

¿Porqué acompaño?

Sé por qué hago lo que hago. Y lo sé porque lo viví.

El abandono que sentí, esa soledad descarnada, no tenía que ver con quién estaba a mi lado. Tenía que ver con no haberme sentido vista ni validada.

Esa soledad no se va porque alguien aparezca. Se atiende cuando alguien te mira de verdad, sin juicio, con presencia real.

Por eso sé acompañar: porque sé lo que se siente no tener con quién hablar. Y porque llegué tan profundo en mí misma que puedo ver esa misma profundidad en otra persona, y quedarme ahí, al lado, sin apurar nada.

Conexión antes que título

  • Ana
    “Al principio sí tuve dudas de que no fuera psicóloga. Pero ya había trabajado con varias y no había encontrado la conexión. Prioricé la conexión por sobre el título — y llegué a lugares a los que con terapia tradicional no había llegado.”
  • Vanesa
    “El título jamás me importó. Siento que el conocimiento viene de otro lugar, y que justamente no tenerlo la llevó a poder tomar de distintos lugares, en vez de quedarse solo en una cátedra.”
  • Sofía
    “No me generó ningún prejuicio, porque sos una persona muy formada. No siento que hables sin fundamento — tenés muchísimas herramientas.”
  • Matias
    “Yo sí tardé en venir porque no eras psicóloga, hasta que dos personas más me volvieron a recomendarte, te lo dije muchas veces, marcaste un antes y un después en mi vida.”

El cuerpo no es el problema

Durante años fui construyendo mi mirada desde lugares que, en principio, parecían muy diferentes. Soy Profesora de Educación Física y me formé en Biodescodificación, Terapia Somática y coordinación de grupos de meditación. También trabajé durante años en organismos vinculados a la salud pública.

Y en todos esos recorridos apareció, una y otra vez, la misma pregunta: ¿qué pasa cuando dejamos de escuchar lo que nuestro cuerpo ya sabe?

Porque aprendí que no alcanza con entender. Tampoco alcanza con saber de dónde viene algo. Hay cosas que sabemos perfectamente y, aun así, seguimos haciendo. Hay emociones que intentamos controlar y terminan hablando por el cuerpo. Hay historias que creemos haber superado y que aparecen otra vez en nuestros vínculos, en nuestras decisiones, en nuestros síntomas o en la manera en que habitamos la vida.

Por eso mi mirada integra historia, inconsciente, emociones, cuerpo y experiencia presente. No para encontrar una explicación perfecta. Sino para poder ver qué está pasando realmente.

Durante mucho tiempo aprendimos a tratar al cuerpo como algo que había que controlar. Callar. Corregir. Exigir. Acomodar.

Pero yo creo que muchas veces el cuerpo no está en nuestra contra.

Está intentando decirnos algo.

Una tensión. Una reacción automática. Una dificultad para poner un límite. Un bloqueo. Una sensación que vuelve. Una forma de vincularte que sabés que querés cambiar, pero seguís repitiendo. Todo eso puede contener información.

Pero el cuerpo también es movimiento, deseo, creatividad, placer, intuición, presencia y autenticidad. Por eso no me interesa que aprendas a vivir desconectándote de lo que sentís.

Me interesa que puedas volver a escucharlo. Comprenderlo. Y descubrir qué nuevas posibilidades aparecen cuando dejás de pelearte con vos.

Cómo acompaño

No trabajo con protocolos fijos ni con fórmulas para todas las personas por igual.

Para mí, acompañar es intercambio, conversación, presencia. Te escucho, observo, conecto información y devuelvo, y si hace falta, también confronto: señalo un patrón, cuestiono una interpretación, voy al hueso de una situación. No para decirte qué hacer. La decisión siempre es tuya. Mi trabajo no busca arreglarte ni convertirte en alguien mejor: no vengo a venderte una fantasía de paz y pensamiento positivo.

Somos más humanos que eso. Hay miedos, broncas, deseos, contradicciones, y ahí, en comprender qué función cumple todo eso, aparece la verdadera transformación.

Creo en una mirada que integra ciencia, cuerpo, emoción y conciencia, pero con los pies bien puestos en la tierra: no necesitás creer en nada especial, ni llegar sabiendo, ni tener todo resuelto. Acompañar es quedarme ahí con vos cuando todavía no sabés, sin juzgarte y sin apurar tus tiempos.

Porque la libertad no se trata de tener todo claro. Es sentir sin querer modificar lo que sentís, ser honesto sin corregirte todo el tiempo y saber que no hay gurú ni fórmula que sepa más de tu vida que vos.

  • Ana
    “El espacio no es solo para escucharme a mí misma, sino también para escuchar qué traes vos de eso. No es la típica terapia de escuchar y hacer preguntas nada más — hay alguien que también te devuelve una mirada.”
  • Vanesa
    “El día que me dijiste ‘ya no tengo herramientas para ayudarte’ fue excelente. Me trajo un golpe de realidad muy fuerte: entendí que yo misma no me estaba permitiendo salir de mi propio bucle. Esa cachetada me sirvió muchísimo.”
  • Valentina
    “Me gusta mucho que seas muy honesta. Si pregunto algo, sé que va a haber una respuesta desde tu lugar. Nunca me sentí juzgada.”
  • Sofía
    “El caudal de información que manejás y lo personalizado que lo hacés para cada uno de nosotros, ese es el diferencial. Tenés herramientas que conmigo nunca usaste, porque no eran para mí — y eso también me dice qué tipo de profesional sos.”
  • Sofía
    “Lo que más aprendí fue a dejar de ser tan dura conmigo y tenerme más ternura y paciencia. Hubo una sesión donde me lo mostraste hasta con un gesto físico — te abrazaste a vos misma. Nunca me lo pude olvidar. Fue la piedra fundacional de todo lo que vino después.”

La libertad no se aprende en la teoría.
Se recupera en la experiencia.